LUCILA, CIUDAD NOSTALGICA.

En 1911 una mujer de sólo 21 años, llegó al puerto de la ciudad, a ejercer su profesión de educadora en el Liceo de Niñas. Sólo unos pocos se percataron de la hermosa dama elegantemente vestida, con una altura que se diferenciaba del promedio y con unos ojos verdes, color oliva que hipnotizaban el horizonte de cerros que la miraban a lo lejos. Ninguno de todos los curiosos que la abordaron se imaginó que esa mujer, se iba a transformar en la voz e imagen de todo un país a nivel mundial.

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, se había propuesto una gran responsabilidad, educar y dirigir a los estudiantes que se transformarían en los líderes de opinión del mañana. Instalada en su escritorio de madera negro, con una hoja de papel en blanco perfectamente estirada y una pluma a su derecha, pensaba en Montegrande, en el amor y sus infinitas posibilidades que tomar en su vida.

Las estudiantes del liceo, la observaban con respeto, pero a la vez con curiosidad, ya que era una persona que transmitía un aura distinta al resto. Sentada detrás de su escritorio, Godoy pasaba lista parsimoniosamente y cada vez que remojaba su pluma en el tintero rojo para anotar una ausencia, miraba la última gota de tinta caer, como si de sangre se tratase. Las niñas en el recreo comentaban que la profesora Lucila, parecía,  “observar el mundo desde las alturas” , y no por su gran tamaño, sino porque tenía una pasión en su voz que dramatizaba cada segundo dentro del aula de clases, como si se estuviese en presencia de un momento único e irrepetible.   

Lucila, mientras escribía hacendosamente pensaba que ya era hora de salir para reunirse junto a su amigo Zacarías Gómez. Caminando de forma recta y con paso seguro, caminó por calle Washington, hasta subir por calle Copiapó, y detenerse en una esquina de la avenida Brasil, sin saber que años más tarde justo donde se encontraba detenida, se iba a erguir una estatua que recordaría y honraría su legado como escritora, docente y diplomática.  

Una vez de vuelta, acomodada en su escritorio negro con el tintero rojo y la pluma en la mano, Lucila sintió que en esta ciudad nostálgica de puerto y cerros, donde sus alumnas la miraban con ojos de respeto y admiración, iba a ser el último bastión de su primera vida, primer capitulo de una novela que recién comenzaba a escribirse. Sus días se iban acumulando en desbordes furiosos de talento. La gestación de "Sonetos de la Muerte", marcaba en la escritora el paso a un cambio aún mayor, ya estaba dejando de ser Lucila Godoy Alcayaga para dar paso a Gabriela Mistral.