UN NUEVO GANADOR EN CONCURSO "SOY LUCILA".

INTRODUCCIÓN: Este trabajo escrito y creado por Gustavo Tapia, es uno de los ganadores del concurso "Soy Lucila". Compartimos con la comunidad este texto narrativo, de énfasis literario y toque periodístico  El cual  minuciosamente teje la recepción de una noticia de tan alta magnitud  como es el Premio Nobel, revelando un momento  único en la vida de la poeta Gabriela Mistral.  Felicitaciones Gustavo.

 

LA HORA DEL NOBEL.

Ese miércoles, tras salir del Museo Imperial de Petrólis, Gabriela entró al D’Angelo para servirse unos  bolinhos de bacalao con aceite de oliva, especialidad de la casa por casi medio siglo. A pesar del dolor permanente que trascendía su desde la muerte de su querido Yin-Yin, en esos instantes le arrancaba un gesto de agrado ver las sonrisas despreocupadas de los habitantes paseando por Petrópolis, la única ciudad imperial de Sudamérica. La ciudad, aproximándose la primavera y el verano, se llenaba de visitas y también de inmigrantes como ella, que de cónsul había ido quedándose, quedándose.

Por la mañana había sostenido una reunión poética con intelectuales brasileros en el ex palacio de verano de Pedro II, edificio de 1845. Pues bien, en aquella reunión le habían vuelto a representar el interés de la comunidad porque ella hubiera el Nobel de Literatura.

Vio correr a un muchacho detrás de unas chicas con los brazos amarrando ramos de flores. Se parecía a Yin-Yin, muerto de amor dos años antes, aunque jamás lo creyera y hasta siempre juraría que lo habían matado.  De sus labios se deslizó una oración: “Es mi amor el que va en busca tuya, es la fidelidad de mi amor, chiquito mío”.

La muerte de Yin-Yin no había sido distante de la desaparición de sus amigos Stefan y su esposa. La pareja, judíos enemigos de la lucha nazi, no había podido resistir las presiones que el régimen de Hitler ejercía desde la lejana Alemania.

Gabriela entornó los ojos. Volvió sus ojos a un documento que le habían despachado de Chile, aunque no deseaba examinarlo con demasiado detalle. Trataba del mismo tema conversado en la reciente reunión con los intelectuales cariocas.

Detallaba el documento la secuencia promovida inicialmente por Virgilio Figueroa en su libro “La Divina Gabriela” doce años antes. El respaldo de su amiga ecuatoriana Adela Velasco, quien transmitió el interés al presidente de Chile, don Pedro Aguirre Cerda y la esposa de aquel. Ellos la postularon al Nobel por primera vez, sin decirle agua va.

Aunque más adelante entregara información a su coterráneo y embajador en Francia Gabriel González Videla, no había estado dispuesta jamás a patrocinar su propia postulación al lauro literario, a pesar que las voces americanas sumaban y sumaban a su favor.

No obstante que sabía del respaldo casi unánime a su favor, especialmente cuando la guerra mundial había terminado sólo dos meses antes, no desconocía que su nombre y figura generaban rechazo y resentimiento en algunos sectores. Recordó sus primeros días en Chile, cuando la habían acusado de un robo a temprana edad, una mentira e injusticia demasiado temprano. Sus ojos verdes recorrieron el paisaje. Todavía el mundo no estaba preparado para mujeres contestarias tampoco. Menos feministas, escépticas y adelantadas para su época. No olvidaba que su nombramiento como cónsul en Italia fue rechazado por Mussolini, quien no aceptaba mujeres en el cuerpo diplomático extranjero y mucho menos si se declaraban antifascistas. Por esos días había publicado Tala.

Y por aquel entonces también reconocía que la literatura hispanoamericana era conocida sólo por los expertos y quienes hablaban castellano. Su obra, no obstante, fue traducida al francés, tarea aparentemente obtusa pues la Segunda Guerra Mundial se interpuso con el Nobel desde 1940 hasta 1944. Entonces fue que el académico Hjalmar Gullberg cayó en la seducción poética de esa obra latinoamericana y tradujo numerosas poesías de la escritora elquina.

Gabriela salió de su ensoñamiento. Afuera había comenzado una ligera garúa. Cerró el documento y tras pagar la cuenta salieron con su amiga.

La mañana del jueves, tras el desayuno, Gabriela en su cuarto escuchaba las noticias de la radio Palestina, emisora católica dedicada a la formación e información petropolitana con una programación de corte popular.

A esa misma hora, el cartero de Via Radiobras, la empresa radiotelegráfica local, apuraba el paso para entregar el mensaje más importante que quizás trasásara en toda su vida:  el jefe de recepción le había mostrado el mensaje antes de sellarlo.

En su cuarto, a solas y de pie, entre escuchando y no escuchando las noticias, hojeaba un libro cuando la emisora anunció un aviso urgente. Vino la pausa del locutor: “Por su obra lírica, inspirada en poderosas emociones que han convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano, la poetisa chilena Gabriela Mistral ha sido laureada con el Premio Nobel de Literatura de 1945”.

            “Caí de rodillas frente al crucifijo que siempre me acompaña y bañada en lágrimas oré: ¡Jesucristo, haz merecedora de tan alto lauro a ésta, tu humilde hija”, contó Gabriela más tarde.

            Poco después llegaría hasta sus manos el mensaje radiotelegráfico en francés:  “La Academia Sueca ha designado a usted ganadora del premio Nobel en Literatura y la invita a la fiesta del Nobel en Estocolmo”.

Hasta allí la llevaban “Desolación”, “Lecturas para mujeres”, “Ternura”, “Nubes Blancas”, “Tala” y la Antología de su obra literaria.